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Aunque algunos pensaron en aquel momento que Isabel, que hacía
poco enviudó, mantenía relaciones con aquel misterioso inquilino.
Y es que la señora Gallardo estaba de buen ver. Pero al día
siguiente todos entendieron el motivo de tan inusual visita. El monje,
que se hizo llamar Padre José, buscaba crear en el pueblo un movimiento
religioso que les ayudara a todos a realizar la penitencia necesaria para
ir al cielo “más livianos”. El rechazo a los bienes
materiales y la oración, eran los factores principales para enfrentarse
a un, según el nuevo gurú, inminente fin del mundo.
Pronto aquella idea caló de manera efectiva en los habitantes de
la villa de Tolox, y es que el actual panorama social y político
del país, unido a los desastres naturales, hacían entrever
que “algo se estaba moviendo en los cielos”. De esa manera,
el caldo de cultivo estaba preparado para acoger las prédicas del
Padre José, que eligió inteligentemente a cuatro mujeres
de la localidad, denominadas desde ese momento como “las cuatro
columnas”, para depositar en ellas el tesoro de su fe, las cuales
transmitirían con una mayor confianza aquellos dogmas a sus paisanos.
Aquella “secta” comenzó a funcionar de manera inmediata.
Eran muchos los que acudían prestos a las reuniones diarias que
se celebraban en casa de alguna de estas mujeres elegidas aparentemente
al azar, Isabel Gallardo Pato, Micaela Merchán Vera, Josefa Márquez
y Ana Mesa. Allí se oraba y se leían versículos de
un extraño libro del que aun a día de hoy, nadie conoce
nada: El Amante de Jesucristo. Esa obra quizá de edición
única, calaba con más fuerza ante la visión aterradora
de una figura de Jesús de Nazaret, a tamaño natural, que
el sacerdote guardaba en una habitación. Nadie sabía de
qué manera ni cuando había sido trasladada allí,
pero todos coincidían en su aspecto diabólico y espectral.
Y es que el miedo es una de las mejores cartas con las que han jugado
todas las “sectas” a lo largo de la historia.
A veces, el Padre José se hacía acompañar de la presencia
de Mateo Romero, un señor al que nadie conocía, pero que
se apodaba el “santo”. Solía encerrarse a solas con
cada uno de los adeptos, para “fortalecer” su fe en Dios y
en los Santos. A la vez, unas cartas llegadas desde Málaga y firmadas
por una tal Teresita Villatoros, apodada la “santa”, surtían
un apacible efecto entre aquellas mentes inocentes y cristianas. Aquellas
buenas gentes no necesitaban de pruebas ni de documentos, solo de conocimientos
de una nueva tendencia que les ayudaría a avanzar espiritualmente.
Las Visiones del Pilonso
Había en Tolox un joven, Miguel Soto Martín,
conocido por “el Pilonso”, que vivía con su padre junto
al Arroyo de la Viña, donde eran dueños de unos huertos
en los que trabajaba con gran dedicación. Cuando acababan las prédicas
del Padre José en casa de Isabel, corría dispuesto a dedicar
varias horas a la recogida de frutas y hortalizas, hasta que el sol se
escondiera tras las montañas rondeñas de la Sierra de las
Nieves.
Un buen día caminaba solo por aquellos parajes, cuando encontró
en su camino a un niño de pocos meses tirado en el suelo. El asombro
fue enorme cuando divisó en una de sus manitas un reloj, y en la
otra un crucifijo. De pronto, de los labios de aquella criatura surgieron
las palabras: “Mundo, Mundo”. El Pilonso, que no podía
creer lo que veía, le preguntó qué quería
decir, a lo que el niño expresó: “Que el mundo va
a dar un tumbo”.
En ese momento, un sonido a su espalda lo sacó de su aturdimiento.
Tras él, una señora con ropajes blancos y las palmas de
las manos extendidas lo mirada fijamente. Se presentó como la Virgen
María, y ante la admiración de Miguel, que incluso se arrodilló
ante ella a punto de llorar, le hizo una curiosa petición.
Debía ir esa noche a la casa de cuatro mujeres del pueblo, golpear
en sus puertas, y con ellas encaminarse a casa del alcalde. Allí
debían solicitar la llave del cementerio y un reloj que atesoraba
el propio señor Del Río y que era de inmenso valor. Después,
debían ir en comitiva a la necrópolis y orar en su interior
por el alma de un joven que acababa de morir recientemente en un accidente.
Era el propio hijo del alcalde. Pilonso aceptó y salió corriendo
de aquel lugar, sin mirar atrás.
Esa noche cumplió lo prometido. Golpeó en las puertas de
las cuatro mujeres que la Virgen le había indicado. Las señoras,
como si estuvieran esperando de antemano, salieron rápidas con
el velo puesto y sin hacer preguntas. El Pilonso consideró aquello
como “cosa de Dios”. Al llegar a la casa de José del
Río, recibieron una rotunda negativa, tanto de la llave como del
reloj. Es más, el hombre los echó a patadas de su casa,
gritando a los cuatro vientos que no jugaran con el honor de su hijo muerto.
Aun así, el grupo del Pilonso y las cuatro mujeres, que se había
agrandado hasta contar con casi la totalidad de habitantes de Tolox, se
dirigió al cementerio para orar al otro lado de la valla. Al poco
de estar allí, unos golpes y gritos dentro del camposanto sorprendieron
a todos los presentes, que comenzaron a huir en estampida. La presencia
del Padre José entre el grupo, fue el detonante para pensar que
aquello era cosa de brujería y de magia negra, y que el culpable
de todo aquello no podía ser otro que el extraño sacerdote.
El cambio fue tan radical en el pensamiento de la gran mayoría
del pueblo, que el Padre José fue desterrado a pedradas del casco
urbano.
Llegada a Río Verde
El obstinado sacerdote no paralizó ahí sus prédicas,
sino que aprovechando la presencia de una de sus “cuatro columnas”,
Micaela Merchán, en Río Verde, decidió continuar
allí transmitiendo sus dogmas del fin del mundo. Río Verde
es una zona perteneciente al término de Tolox, pero que se halla
a más de diez kilómetros del casco urbano, distando varias
horas de camino entre ambos puntos. Allí habitaba la gente más
humilde y pobre de la localidad, viviendo en casas de piedra y otros elementos
rudimentarios, con sus pequeñas plantaciones en las inmediaciones.
Micaela Merchán era la “columna” más fanática
de todas, la que había acogido con más ímpetu las
ideas revolucionarias que el Padre José había traído
al pueblo. De esa manera y dominando hábilmente a sus más
de treinta vecinos de Río Verde, ayudó a continuar en aquellos
parajes con el movimiento religioso anteriormente instituido. Pero según
pasaba el tiempo, Micaela fue asumiendo las funciones como si fueran propias,
llegando a un punto en el que dejaba en cierto modo de lado al Padre José,
para sentirse protagonista de la historia.
No tardaría mucho en creer ser la encarnación de la Virgen
María en la tierra. Su forma de hablar y su poder de convicción
era tal, que pronto convenció a sus vecinos de su propia divinidad,
y de que ahora era ella la que los guiaría de manera adecuada para
enfrentarse con el inminente fin del mundo.
Las reuniones en su casa acogían a más de treinta personas,
familias que se apretujaban de la manera mejor para poder caber en tan
pequeña casa. Un mal día, Micaela decidió algo que
cambiaría el rumbo de los acontecimientos, un suceso que ni el
Padre José llegaba a sospechar. La fanatizada mujer tuvo el convencimiento
de que si el fin del mundo estaba próximo, lo mejor sería
terminar con sus vidas cuanto antes, previa destrucción de sus
bienes materiales, para subir al cielo y “tomar lo mejores asientos”
junto a Dios. El resultado de aquella idea fue aterrador, y marcó
la historia no solo de málaga, sino de España entera.
Un Ritual Dantesco
Conocido como “la Noche de los Iluminados”,
aquel suceso cambiaría de por vida el rumbo de aquellas personas,
y también de sus descendientes hasta nuestra más reciente
actualidad. Fue un 18 de Marzo de 1886 cuando Micaela Merchán Vera
decidió realizar aquel suicidio colectivo, en mitad del llano que
existía delante de su casa. En plena noche de invierno, Rio Verde
se convirtió en escenario de espectáculo terrible, digno
de la ciencia ficción.
La fanatizada mujer gritaba y gesticulaba locamente, advirtiendo del fin
del mundo, mientras sus devotos se arrodillaban a sus pies. La enorme
figura de Jesús de Nazaret y el libro de “El Amante de Jesucristo”
completaban la escena. Prontamente encendieron una gran hoguera, alrededor
de la cual todos empezaron a danzar.
Micaela, siendo imitada por todos, hacía extraños movimientos
con su cuerpo, se contorsionaba, asegurando que de esa manera recibirían
el mana del cielo. Para asombro de todos, comenzó a quitarse la
ropa, pidiendo a los demás que hicieran lo mismo, ya que así
recibirían dicho maná de una manera más efectiva.
Era tal el desequilibrio mental de los presentes, que sin dudarlo se arrancaron
sus vestimentas, mostrando sus intimidades sin pudor. Solo dos o tres
personas se resistieron, pero fueron obligados por los demás, entre
lágrimas de impotencia. Ya no había manera de echarse atrás
en el ritual.
-Dentro de pocas horas ya no seremos de este mundo, sino del otro. Ahora
vamos a destruir todas nuestras posesiones carnales, que sólo nos
sirven para atarnos a un planeta que va a ser destruido. Ahora nos basta
con la gracia de Dios, que cae en estos momentos sobre nosotros- disertó
la señora Merchán, sintiéndose inspirada.
La propia Micaela, ayudada de unas ramas, tomó fuego de la hoguera
e incendió su choza, que al ser de material rudimentario, ardió
enseguida. Aquella locura fue respaldada por las familias que tenían
casa a pocos metros, las cuales comenzaron a arder a los pocos minutos.
El fuego rodeaba a Rio Verde, aunque era disimulado por los árboles
de las inmediaciones.
Lo siguiente fue lanzar a la hoguera todas las posesiones materiales,
empezando por la propia ropa, pasando por objetos personales, y terminando
por alimentos. Tras esa extraña acción, Micaela se perdió
en la espesura, y regresó portando una enorme olla con líquido
en su interior, que lanzó al fuego. A partir de entonces los ánimos
se exaltaron aun mas, siendo quemados vivos unos cerdos, que según
la anfitriona tenían el demonio dentro.
Tras una incomprensible ceremonia de matrimonio entre dos jóvenes
presentes, y llevaba a cabo por la propia Micaela, se dio paso a la peor
parte. Ahora debían quitarse la vida. Todos tomaron entre sus manos
cuchillos y navajas, intentando clavárselo en pecho y abdomen.
Pero ninguno fue capaz de culminar el acto, y decidieron apuñalarse
mutuamente. La sangre manaba por doquier, aunque la profundidad de las
heridas no era mucha. Incluso tuvieron la brillante idea de que, ya que
no eran capaces de matarse a puñaladas, se quitarían la
piel a tiras.
Fue Micaela, entre grandes gritos, quien logró despellejarse las
manos y pies, haciendo el grupo lo mismo casi al instante. Algunos deseaban
experimentar las llagas de Cristo, y se dedicaron a la labor de hacerse
cortes en muñecas, frente, costado y dorso de los pies. La locura
era tal, que todos se atacaron entre sí, arrancándose los
cabellos. Mechones de pelo envueltos en sangre rodeaban la dramática
escena. Después de eso, quisieron rematar golpeándose con
sogas de esparto, flagelándose todos de mutuo acuerdo.
Así finalizó la masacre, con la débil voz de Micaela
diciendo que había que esperara a la salida del sol, para que Dios
los acogiera en el cielo. En tan pésimo estado mental y físico
pasaron la noche, unos tirados en el suelo medio muertos, y otros caminando
como autómatas y con la mirada perdida.
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