EL INCONSCIENTE

Hace algún tiempo  pude leer que  el cerebro   registra  en tan sólo un segundo una cifra comparable a  11 millones de “bits”. De tal  cantidad,  tan sólo 50 bits  son procesados  de manera consciente.  Dicho con otras palabras, por cada información que recibimos de manera consciente, 220 nos llegan  inconscientemente.

Es por esta proporción de 1/220 por lo que frecuentemente se compara al consciente con la punta visible de una gran iceberg y al inconsciente con la gran plataforma sumergida y oculta. 

Antes de continuar leyendo, haga una prueba. Intente concentrarse por unos instantes en toda la información que está recibiendo en este momento. Seguramente le resultará imposible centrarse conscientemente en todos los sentidos a la vez –aunque su inconsciente está registrando cada uno de todos esos datos-.

Concéntrese en cada uno de sus sentidos por separado. Preste atención a lo que escucha.  Si se fija, seguramente escuche ruidos de fondo  que hasta el momento le habían pasado desapercibidos. Haga lo mismo con el tacto, aunque no sea consciente de ello, todo su cuerpo está mandando información a su cerebro; los roces con la ropa, la presión que ejerce su cuerpo contra el lugar donde esté sentado, su temperatura… Repita el proceso con el resto de los sentidos. 

Después de esta pequeña prueba se habrá dado cuenta de la gran cantidad de información que recibimos sin darnos cuenta. Por otro lado, se habrá percatado de que, como he comentado antes, es imposible focalizar  nuestra atención en todos nuestros sentidos a la vez y que por lo tanto fijamos nuestra atención en puntos muy  concretos y  dejamos al margen todo lo demás.

Una vez concentrados en algún asunto, todo lo demás queda en un segundo plano.  

Gracias al inconsciente podemos hacer esto. Nuestros sentidos envían toda la información que registran al cerebro, permitiendo así que nuestro consciente se dedique a otra cosa.  Mientras  todos esos datos se encuentren dentro de la normalidad quedan registrados de manera inconsciente.

 Cuando nuestro consciente se abstrae en algún tema, nuestro inconsciente continúa trabajando, registrando datos, analizándolos y procesándolos. En caso de improviso, por ejemplo un grito, nuestro amigo, y a veces enemigo, inconsciente  mandaría un mensaje de alerta – una serie de reacciones en el cerebro-  al consciente para que saliera de tal concentración.  

En otras palabras, Si por algún motivo ocurriera  algo  extraordinario, se produciría una serie de  reacciones  en el cerebro, e inmediatamente esa información pasaría al consciente. 

¿Por qué ocurre esto y no somos conscientes de toda esa información?  Simplemente porque gran parte de esa información no nos es necesaria. Si tuviéramos que prestar atención a todo cuanto nos rodea, nuestro cerebro se colapsaría ante tal cantidad de datos, y nuestro cuerpo y cerebro tienden a ser prácticos, si algo no sirve lo aparta.

 Otras de las funciones que ejerce el inconsciente es la automatización de todo aquello que realizamos  de manera habitual. Por ejemplo, cuando aprendemos a conducir es nuestro consciente quien actúa. En todo momento prestamos atención a los cambios de marcha, pedales y a todo cuando ocurre en la carretera. Una vez aprendido, el inconsciente automatiza todas estas acciones y deja al consciente libre para encargarse de todas aquellas situaciones nuevas que pudieran producirse,  como  cambios de color en los semáforos, señales de tráfico, imprevistos en la carretera, etc. 

Explicación de fenómenos psi  por medio del inconsciente

Imagínese que entra en una habitación y al salir una persona le pregunta qué ha visto en ella. A pesar de haber pasado tan sólo unos minutos,  sólo podría enumerar una pequeña parte de la totalidad de los objetos. 

En un estado hipnótico cualquier sujeto podría  describir hasta el más mínimo detalle del habitáculo aun habiendo pasado  numerosos años. Y es que, aunque no seamos conscientes de ello,  en nuestro inconsciente queda grabada absolutamente toda la información que nos rodea.

Todo esto podría y puede explicar algunos fenómenos parapsíquicos.  Por  ejemplo hasta hace relativamente poco tiempo, se pensaba que la xenoglosia – capacidad de hablar en otras lenguas sin haberlas aprendido-   podía ser producto de posesiones,  o incluso se alegaba como prueba irrefutable de la existencia de la reencarnación.

Hoy sabemos que si  escucháramos hablar en otra lengua, o viésemos un texto escrito en otro idioma, dicha información quedaría grabada en nuestro inconsciente. En determinadas circunstancias, como  los estados alterados de conciencia, después de traumatismos cerebrales, etc., esa información podría salir al exterior. 

Existe el caso de un joven que de niño tuvo un amigo inglés que veraneaba en su pueblo. No se comprendían en absoluto, pero se pasaban las horas corriendo y jugando. Al cabo de los años, este joven, que jamás estudio inglés, sufrió un accidente de tráfico y como consecuencia un traumatismo cerebral.  

Al salir de dicho estado, el chico  comenzó a hablar en inglés perfecto, o por lo menos eso parecía. El chico, altamente asombrado pues no le encontraba explicación alguna, desconocía el significado de todo cuanto decía, aunque su acento y pronunciación eran perfectos. 

Su familia desconcertada y asustada llevó al lugar a una persona que controlaba el idioma para que tradujese. El resultado, el chico era incapaz de mantener una conversación coherente en  este idioma y  su lenguaje era completamente infantil. 

Tras una serie de pruebas, se le realizó una hipnosis en busca de una explicación.  Tras varias sesiones se localizó la raíz del asunto. Simplemente el chico se había limitado a reproducir, de manera inconsciente, todo aquello cuanto le dijo su amigo de la infancia. 

Por lo tanto, tanto en la xenoglosía como en una presunta reencarnación o posesión, habría que descartar lo primero estas situaciones en las que el sujeto es incapaz de mantener conversaciones lógicas y se limita exclusivamente a soltar “parrafadas”. 

En  gran porcentaje de los casos, este tipo de  manifestaciones tiene una explicación  racional y científica, pero ¿qué ocurre si el sujeto es capaz de mantener un dialogo, en esa lengua para él desconocida, con otra persona? Ese es  ya otro tema. 

Cristina Candela